viernes, 11 de enero de 2013

BAUTISMO DEL SEÑOR


Domingo del Bautismo. Pasamos de los evangelios de la infancia en Navidad (Jesús niño de Belén), dando un gran salto, al Jesús maduro del Jordán, recibiendo el bautismo de Juan,cuando tenía más de treinta años.
En esa línea me atrevo a decir que Jesús fue una “vocación tardía” o, quizá mejor, una “vocación progresiva”, hecha de búsqueda, de encuentros, de rupturas y de nuevo encuentro.
No vio las cosas definitivas principio, sino que las fue viendo, en un proceso de maduración, que es signo y presencia de Dios, y que se centra de algún modo en su bautismo.
La reflexión sobre el Bautismo de Jesús, que la liturgia presenta como experiencia final de Navidad, puede ayudarnos a entender nuestra propia vocación y tarea cristiana. Sólo podemos comprender la experiencia de Jesús (su identidad) en la medida en que nos adentremos en su experiencia y transformación bautismal.
Entendido así, el Bautismo no es un rito aislado, ni una institución social, sino una experiencia de transformación y renacimiento personal, como la de Jesús, de quien decimos que es Hijo de Dios porque se ha dejado transformar por Dios Padre. Ésta es la revelación primera del evangelio cristiano: Una manifestación de Dios (que se hace oír, como palabra engendradora), una visión-audición de Jesús (que nace como hijo mesiánico de Dios al escucharle).
Por eso, el Bautismo de Jesús forma parte de su Navidad, de manera que podemos afirmar que él ha sido "constituido" hijo de Dios por su Bautismo, es decir, "naciendo plenamente de Dios",en su edad madura. Así podemos decir que él "nació cuando tenía en torno a treinta años". Lo anterior ha sido un prólogo piadoso, un principio necesario... pero la historia verdadera de Jesús para los evangelios comienza ahora.

Éste es un tema del que ha discutido hasta la saciedad la teología, partiendo de las intuiciones quizá desafortunadas, pero incisivas de Arrio, quien situó aquí la verdadera Navidad de Jesús. Sin duda, Jesús había nacido de Dios por medio de la Virgen María y de José...; así lo hemos celebrado en la Navidad. Pero, en sentido radical, Jesús sólo ha nacido de Dios, haciéndose plenamente humano y mesías, es decir, acogiendo la Palabra de Dios que le llama "Hijo", y respondiendo a esa palabra con su vida (en servicio mesiánico).
Las reflexiones que siguen nos ponen en el centro de la experiencia cristiana. Para ayudar a situarlas he querido escoger dos imágenes significativas:
1ª imagen: Fantasía moderna, Jesús en el agua de la vida... La filiación divina de Jesús aparece así como una experiencia de transcendimiento cósmico y de penetración en lo divino de la vida.
2ª imagen: Mosáico del baptisterio arriano de Ravena. Jesús aparece surgiendo como Hijo de Dios en el Bautismo, en una escena inquietante de transformación humana (de filiación divina), que debería explicarse con más detalle.

Texto. Lucas 3, 15-16. 21-22
En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego."
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto."
Introducción
Introducción
Aquí no he querido evocar el hecho del Bautismo de Jesús en cuanto tal, conforme a la visión de los evangelios de Marcos, Mateo o Luchas, sino sólo poner de relieve aquello que pudo ser la experiencia de la vocación de Jesús, su encuentro básico con Dios, encuentro que la tradición cristiana ha vinculado a su bautismo.
Debió ser un momento de “estado naciente”. Jesús era un hombre maduro: Lc 3, 23 afirma que tenía unos treinta años, edad ya avanzada en aquel tiempo. Había recorrido muchos caminos, pero los más significativos se hallaban aún latentes y necesitaban expresarse a través de una experiencia nueva, que le permitiera llegar hasta el fondo de sí mismo, escuchando y acogiendo así la llamada de Dios.
La mayoría de los historiadores y exegetas suponen que el bautismo en el Jordán, no fue un dato pasajero, sino un acontecimiento que marcó la “historia de su vida”, trazando una ruptura respecto a lo anterior y permitiendo que asumiera hasta el final (y superara) el juicio del Bautista, definiendo su nueva opción profética y mesiánica al servicio del Reino de Dios (retomando, de forma distinta, la tradición de David). Éstos son algunos de rasgos que pueden ayudarnos a entender esa experiencia:
Momentos del Bautismo de Jesús
1. El bautismo en el Jordán era una acción profética única de muerte-juicio (de paso)
que ponía a cada bautizado a puerta de entrada de la tierra prometida. Era una experiencia de gran significado escatológico: El mismo Juan, como profeta final, introducía al iniciado en las aguas del río del límite, ante la tierra prometida; por su parte, el que se bautizaba asumía la historia del pueblo de Israel, vinculada a la salida de Egipto con Moisés (paso del Mar Rojo) y a la entrada en la tierra prometida (paso del Jordán, con Josué).
Entendido así, el bautismo era una experiencia de “juicio” que expresaba y ratificaba la superación del pecado de los hombres (que así “morían” a su vida anterior) y la nueva acción trasformadora de Dios, que les prometía la entrada en la tierra prometida. No conocemos la manera en que otros hombres y mujeres recibieron y entendieron el bautismo de Juan, pero todo nos permite suponer que Jesús lo tomó como momento clave de renacimiento: Dios le estaba hablando y haciendo nacer en el gesto del Bautista.
2. El bautismo de Jesús fue una experiencia de iniciación.
Juan Bautista le abrió una puerta en el agua... y él entró. Jesús se introduce por la puerta del agua que le abría su maestro y así, de su mano, vio cosas y escuchó palabras: vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios que se presentaba como Padre (diciéndole ¡tú eres mi Hijo!) y que le confiaba su tarea creadora y/o salvadora (¡ofreciéndole su Espíritu!).
Ciertamente, esa experiencia bautismal, que forma un momento clave en nuestros evangelios (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada desde la vida posterior de la Iglesia; quizá no se dio en momento, sino a lo largo de un proceso de maduración anterior y posterior. Pero en el fondo de ella puede y debe haber existido un núcleo fiable, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.
3. Experiencia de inversión, es decir, de cumplimiento profético y revelación mesiánica.
Quizá buscaba una cosa y encontró una distinta. Buscó a Juan Bautista, y se encontró más allá de Juan, ante el don y tarea del Reino. Sea como fuere, esa experiencia le sitúa ante un Dios que, conforme a la mejor tradición israelita, actúa a contrapelo de los hombres. Precisamente allí donde, llegando hasta la meta de su mensaje apocalíptico de juicio, Juan situaba a sus discípulos ante el final (juicio y destrucción), experimenta y descubre Jesús un comienzo más alto, la verdad de su misión, recuperando, de un modo más hondo, su vocación “familiar” davídica (de Hijo de Dios, iniciador del Reino).
No niega por eso la experiencia de Juan, sino todo lo contrario: sitúa y entiende esa experiencia profética como impulso y llamada para su tarea mesiánica. Es como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo ha terminado (nada se espera en línea de juicio) puede comenzar ya todo, de un modo distinto, en línea de vida y no de muerte. Así lo ha debido “ver” Jesús, en la experiencia bautismal, y en el tiempo posterior, mientras siguió formando parte del círculo de Juan Bautista, hasta separarse de él, no por rechazo de Juan, sino porque tuvo la certeza de que el buen camino de Juan hacía empezado a dar sus frutos, de manera que era necesario proclamar el Reino.
4. Fue una experiencia de comienzo, un nuevo punto de partida.
Jesús se arriesgó, vino donde Juan, vivió y recibió a través de él una experiencia superior de vida y de misión. No queremos decir que las cosas sucedieran exactamente como las dice en evangelio; además, cada uno de los evangelistas cuenta “la historia” de un modo distinto. Nadie sabe ni podrá saber ya nunca no que pasó en su mente, el día del bautismo, y los días posteriores, hasta separarse de Juan, pues no tenemos una autobiografía de Jesús. Pero todos los hilos posteriores de su trama se entienden desde aquí. Ésta en la línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan Bautista), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo (un Elías carismático, que sana a los necesitados).
Sólo en este segundo contexto (como profeta carismático), Jesús ha podido superar un tipo mesianismo davídico antiguo (vinculado quizá a la visión apocalíptica del juicio de Juan), para descubrir el verdadero mesianismo, en línea de gracia y de amor a los enfermos. Sólo en este contexto, allí donde se sabe que todo lo anterior se ha cumplido y terminado (ha muerto), puede hablarse de un nuevo comienzo, que empieza precisamente con la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra). Ésta ha sido la gran crisis de Jesús, una crisis mesiánica, que los evangelios presentan como verdadero nacimiento humano de Jesús.
5. Experiencia “visionaria”, vocación filial.
No ha sido un proceso “racional” en plano objetivo, algo que puede “demostrarse” por medio de argumentos, sino un tipo de “intuición” vital, que ha trasformado las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, de su forma de estar en el mundo y de su decisión de transformarlo. Es evidente que Jesús ha “visto”, ha visualizado algo nuevo, en una línea de experiencia interior, de encuentro con Dios como Padre, de envía a los demás. En ese sentido decimos que, teniendo un elemento visionario, el bautismo ha sido una “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser.
No es imposible que, en este momento crucial, Jesús haya escuchado la voz de Dios que le llama “Hijo” y haya “descubierto” la experiencia del Espíritu, haciéndole asumir su tarea davídica de Reino. Por eso ha “cambiado” de un modo radical, cuando ya era un hombre bien maduro… El relato de Jesús adolescente en el templo (Lc 2) nos permite imaginar de alguna forma lo que pudo ser la maduración “filial” de Jesús. Pero Mc 6, 3 le presenta como un trabajador, entre los trabajadores de su pueblo…, un buscador de Dios, en la línea de Juan Bautista… Sólo con el Bautismo comienza su misión nueva y verdadera.
En esa línea podríamos decir que Jesús fue de “vocación tardía”. Todo el transcurso posterior de su vida se entiende a partir de esta experiencia visionaria entendida de forma filial.
Conclusión
Los cinco elementos anteriores marcan, a mi juicio, el bautismo de Jesús. Sabemos que en este campo resulta muy difícil trazar suposiciones de tipo psicológico, pero a veces lo más obvio y sencillo es lo más verosímil.
Jesús fue donde Juan cargado de experiencias y preguntas sociales a las que, en ese momento, él no sabía responder. Pensó quizá que por el bautismo podía introducirse de un modo personal en el camino del juicio, para dejar que fuera Dios quien resolviera los problemas. De esa forma se unía a los “pecadores” de su pueblo, con su carga de trabajo y/o falta de trabajo, como tektôn, artesano israelita, en una sociedad que se desintegraba.
Venía a bautizarse para asumir el proyecto de Juan, abandonando otros proyectos; venía quizá para decirle “adiós” al Dios de las promesas fracasadas, como Elías sobre el Horeb (cf. 1 Rey 19).
Pero el Dios de su fe más profunda, vinculada a su tradición familiar mesiánica, el Dios de sus deseos creadores, salió a su encuentro en el agua y en la brisa suave del Espíritu, para engendrarle de nuevo como Hijo y confiarle su tarea más honda.
Aquel fue el momento y lugar de su verdad, su verdadero nacimiento. Por eso, la Iglesia posterior ha seguido realizando el gesto del bautismo de Jesús como expresión de la llamada que Dios dirige en amor a todos los hombres, haciéndoles sus hijos y ofreciéndoles su tarea creadora sobre el mundo.

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